La planta baja propone una lectura del complejo monumental a través de la aiuda de modelos, epígrafes, moldes, pero sobretodo ofreciendo una visión cercana de las esculturas sustraídas a la plaza durante las muchas restauraciones. En la primera sala están recolectados taraceos bajorelieves, capiteles procedentes de la favhada de la Catedral, junto con lo que queda del adorno originario del presbiterio y junto a los restos árabes, un capitel marmóreo y un grifo bronceo, un tiempo orgullosamente exhibidos sobre la cumbre del edificio: dialogan allí las tres álmas de la primera arte pisana - islámica, bizantina y clásica. El amplio pasillo del claustro y la sala angular, aún hoy decorada con sus primitivos frescos, acojen las esculturas con las cuales Nicola y Giovanni Pisano habían encoronado al Baptisterio, seguidas por grupos escultóreos, aún en manos de Giovanni, que llenaban de preciosidad las medialunas de los portales de la Catedral y del Baptisterio. La escultura monumental desde el interior está representada por el primero Trescientos, por los imponentes restos del sepulcro que se levanta al centro del ábside al emperador Arrigo VII, obra de Tino di Camaino al cual se debe tanbién la singular tabla de mármol pintada ya en el altar de San Ranieri, único testigo que quedó de esta tipología. De la zona presbiterial de la Catedral provienen también los sepúlcros obispales esculpidos por Nino Pisano, el último de los grandes escultores pisanos, y por Andrea Guardi, alumno de Donatello más activo en la ciudad.
La decoración litúrgica
Amplio espacio ha sido reservado a la exposición del fastoso decorado litúrgico medioeval, enriquecido a lo largo de los siglos sucesivos: los muebles a usar durante los rituales sagrados, los paramentos a vestir, los cajoncitos y los vasos para las reliquias estaban compuestas por materiales más preciosos, como oro, plata, cristal, piedras duras, joyas y perlas, a las cuales se les juntan las pergamenas ricas de miniaturas. En un itinerario a través del variar de las litúrgias, se pasa desde los reliquiarios en marfil y esmalte a la pequeña Madonna ebúrnea y al Crucifijo lígneo de Giovanni Pisano, a los exultet – rollos de pergamena que el celebrante hacía escurrir desde el púlpito - al servicio del seiscientos del famoso joyero de paris Pierre Ballin, a los severos reliquiarios de las bodegas medíceas, para terminar con el cáliz de formas neo-góticas donado e 1839 por Luigi Filippo rey de Francia. Desde los fastosos tejidos medioevales nombrados por las fuentes, quedan en cambio solo una capa pluvial y un dosel bordado del Trescientos, mientras están bien representados los paramentos de la Iglesia Reformada.
La decoración fija de la Catedral El renovado fervor religioso que a partir del Cuatrocientos había modificado el aspecto del interior de la Catedral con nuevas pinturas y asientos en madera taraceada, ha sido cancelado por el devastante incendio que en 1595 se abatió sobre la Catedral. Todo lo que se había salvado fue en parte vuelto a usar, aunque sea en el interno de un diseño diferente en su complejo, en parte, no obstante fuese de excelsa calidad, dejado aparte, como los taraceos de las Virtudes en los cartones de Botticelli, las del lombardo Cristoforo da Lendinara y las sofisticadas perspectivas del pisano Guido da Serravallino, hoy expuestas en las salas del Museo de la Opera. El transporte de las reliquias de San Guido (1752) del fiorentino Domenico Ferretti, ya parte de la serie de grandes pinturas que tapizaban en el Setecientos las paredes de la nave central, se halla hoy en el museo porque en el pleno Ochocientos se quiso hallar un lugar a una obra que mejor pudiera celebrar las pasadas glorias de la ciudad. Estaba colocado en un espectacular aparato efímero, levantado para la fiesta de la Titular, el panel moldeado con la Vírgen realizado por los hermanos Melani a principios del Setecientos.
Las salas del Camposanto
A recordar el glorioso momento en el cual el Camposanto se había convertido en uno de los primeros museos públicos europeos, fueron aquí ordenadas las colecciones de las antigüedades egipcias, etruscas y romanas que Carlo Lasinio (1759-1838), Conservador del museo, había testarudamente recolectado y expuesto. A él se le debe la reproducción del entero ciclo de frescos, que ya para entonces amenazaban arruinarse: las incisiones publicadas por Giovanni Rosini, contribuyeron grandemente a la celebridad del edificio. Las incisiones en muestra pertenecen a una rara serie pintada a mano por el hijo Gian Paolo y algunos ejemplares de una segunda imprimida en 1832 en formato más pequeño.