Lugar capital del arte italiana y destino irrenunciable ya en el Setecientos para los viajeros artístas y literados, el Camposanto de Pisa ha visto su fortuna oscurecerse durante el trascurso del siglo XX, destronado por la crescente popularidad de la torre pendiente y golpeado por hechos adversos, cuyas restantes restauraciones a lo largo de estos años están finalmente poniendo remedio.
El Camposanto es el último de los monumentos que surgen en la Plaza del Duomo y su larga pared de mármol le delimita las fronteras septentrionales definiéndola por completo. Será fundado en 1277 para acoger a los sarcófagos de época romana, hasta ese momento diseminadas alrededor de la Catedral y vueltos a emplear como sepulturas de los pisanos ilústres. En las intenciones del Arzobispo Federico Visconti el edificio debía ser un lugar “amplio y decoroso, apartado y cerrado". Nace así una de las más antiguas arquitecturas medioevales cristianas destinadas al culto de los muertos.
Inicialmente los sarcófagos estaban colocados en el espacio central al aire libre que, según la tradición acoge como un gran reliquiario a la “tierra santa” traída de palestina durante la II cruzada (1146). Bajo el pavimento de los pasillos laterales se hallan a la vez, lugares para las más humildes sepulturas.
Durante el Trescientos, mientras la estructura toma forma, las paredes internas se animan con maravillosos frescos cuyo tema central es el da la vida y la Muerte, realizados por dos grandes artístas de la época como lo fueran Francesco Traini, Bonamico Buffalmacco, que parecen poner en escena los sermones declamados por la ciudad por el Dominicano Cavalca o las espantosas visiones de la Comedia de Dante; esta última referencia resulta evidente sobretodo en el Truonfo de la Muerte y en el Juicio Universal realizados por Buffalmacco, conocido también como el protagonista de algunas novelas del Boccaccio. El ciclo procede en el tardo Trescientos con las Historias de los Santos Pisanos de Andrea Bonaiuti, Antonio Veneziano y Spinello Aretino y con historias del Antiguo Testamento, iniciadas por Taddeo Gaddi y Piero de Puccio y concluídas en la mitad del Cuatrocientos por el fiorentino Benozzo Gozzoli a lo largo de la pared septentrional.
Desde el Quinientos el Camposanto acoge los sepúlcros de los más prestigiosos docentes de la Universidad Pisana y de los miembros de la familia Médici, que, para aquel entonces, dominaban la ciudad, y a ellos aluden también los personajes de las escenas bíblicas afrescadas sobre las paredes breves. El monumento se encamina a convertirse en el Panteón de las memorias locales: no solo de las personas y de las familias, sino también del glorioso pasado clásico y medioeval de Pisa. Comienza entonces a delinearse la vocación museal del edificio con la inserción en las paredes de epígrafes romanas y el desplazamiento hacia los pasillos de los sarcófagos, considerados ahora como preciosos documentos de história del arte.
Dicha vocación se afirma definitivamente a inicios del Ochocientos, cuando el Camposanto se convierte en uno de los primeros museos públicos de Europa. Durante los mismos años en los cuales, por decreto napoleónico, muchas obras de arte serán substraídas a las entidades religiosas y trasladadas a Francia, Carlo Lasinio, nominado Conservador del Camposanto por la Reyna de Etruria Maria Luisa, recoge entre las paredes afrescadas esculturas y pinturas que se hallaban en iglesias y conventos ciudadanos suprimidos. A estas obras se añaden otras procedentes de la Catedral y del Baptisterio, junto a repertos recuperados en los locales sitios arqueológicos y en el mercado anticuario. Al mismo tiempo siguen siendo eregidos en los pasillos re-bautizados como galerías - monumentos celebrativos y fúnebres dedicados a los personajes pisanos más importantes.
El Camposanto se presenta come lugar de celebración patriótica y conjunto de meditación sobre la muerte, muerte que se explica no solo como perdida privada sino también social y política que vé desaparecer glorias y civilizaciones. Dicha fascinación malincónica estilos, desde la antigüedad hasta la edad moderna, hace del monumento uno de los lugares más amados y románticos, visitado, admirado y estudiado por los artístas y literados de toda Europa.
Los frescosi, cuya se difunde sobretodo en el Ochocientos a través del multiplicarse de apuntes, diseños e incisiones, que ya desde entonces se encontraban en un estado de degradación notable. Mientras enteras porciones de escenas se van derrumbando al piso, por todo el siglo y hasta en el siguiente se efectúan análisis y experimentaciones de restauraciones para intentar de detener el arruinarse del color i el desprenderse del enyesado. La decadencia del Camposanto no se debe solo a las problemáticas relacionadas con los frescos: las esculturas y las pinturas que allí habían sido puestas en exposición por Lasinio salen para luego entrar en museos de más moderna concepción; las excelentes estatuas fúnebres del ochocientos se van eliminando, en el intento de devolver al edificio su presumido aspecto medioeval.
Sin embargo el momento más dramático llega durante la segunda guerra mundial: el 27 de julio de 1944 una granada provoca un terrible incendio, interrumpiendo con violencia las polémicas y los proyectos sobre la conservación de los frescos.